¿ALGUIEN QUIERE PENSAR EN LOS GRINGOS? INSOMNIOS EXTRANJEROS

Antonio Calderón

4/9/20264 min read

Ciudad de México.

La pelea diaria del mexicano frente a su propia experiencia nacional, con todas las implicaciones que esto conlleva y que no es objeto de este artículo, se ve completamente eclipsada por la tragedia griega que experimenta en este mismo instante un inconsolable turista estadounidense (al que para efectos narrativos llamaremos Donald) desde su habitación en el hotel St. Regis de la Ciudad de México a las 11:30 de la noche.

Donald llegó a la Ciudad esta mañana; se instaló en el décimo piso del hotel, se refrescó por un promedio de treinta minutos, se bañó en desodorante y se enfundó en el uniforme del turista, ese traje típico que reviste de orgullo al extranjero en cualquier ciudad de Latinoamérica: un conjunto muy coqueto de camisa hawaiana, bermudas caqui, sandalias, lentes de sol, gorra o sombrero y una pequeña bolsa cruzada del mismo color de la gorra.

Baja al vestíbulo del hotel en el que se encuentra su grupo escolar, todos con el código de vestimenta obligado, dispuesto a desquitar cada dólar que le costó ese paquete de viaje con guía y desayunos incluidos. El guía, otro estadounidense, igual de entusiasta pero claramente más bronceado, se presenta con su grupo como Henry, nacido en Texas, pero que ahora se dedica a guiar turistas por la ciudad contándoles la historia de México para que aprecien la riqueza cultural.

Donald esa tarde visitó la casa de Frida Kahlo en Coyoacán, las trajineras en Xochimilco y se enchiló con una salsa de arándanos en una taquería de la Roma. Compró un par de camisetas y se asombró de lo barato que es vivir aquí, comparándolo con el alquiler de su departamento de Nueva York. Donald habría pensado que no sería una mala idea mudarse a la ciudad de México y contribuir con su importante negocio de velas aromáticas a la economía nacional. Cenaron en el restaurante del hotel a las ocho de la noche, con la promesa de visitar al día siguiente el castillo de Chapultepec, y se despidieron con un torpe “Ad-i-os a-mi-gou”.

Donald entró a su cuarto, se puso la pijama, vio una típica película cowboy (por aquello de añorar el hogar) y apagó la luz para descansar. Lo que Donald no sabía al momento de planear sus vacaciones, es que el mexicano empieza a vivir después de las 6 de la tarde; cuando han vaciado las oficinas, apagado la maquinaria, entregado los reportes, cerrado las fábricas y acostado a los niños.

El mexicano huye de la oficina o de la fábrica y se abalanza a la calle procurando mantener una distancia considerable entre su dignidad de ciudadano libre y su lugar de trabajo, (por aquello de que a tan altas horas de la noche espantan o de que al patrón se le ocurra pedir algo de última hora) y empieza la organización frenética; las cuentas desde la aplicación del banco, los recortes de la tanda, el pago de los servicios y de los impuestos, las colegiaturas, los adeudos y demás tragedias financieras, que no valen la pena mencionar en este artículo.

Con el sobrante, incluido el pasaje de regreso a casa, el mexicano encuentra refugio en los amigos, en los bares, en las discotecas, antros, toquines clandestinos, danzones públicos, caguamas banqueteras, cócteles en 2x1, conciertos gratuitos y demás coloquios y reuniones que le permitan sentirse individuos libres fuera de los reportes y productividad semanal . Porque si algo sabe hacer el mexicano es sacar provecho de lo menos, incluso si lo menos es lo que más nos duele como los sueldos.

Donald empieza a dar vuelcos sobre la cama. Al principio piensa que sus carnes no terminan de acoplarse y acomodarse al colchón; que la almohada es muy dura, o muy sin soporte, o muy fría o muy caliente; luego se levanta al baño, orina, se ve en el espejo y regresa a la cama. Cierra los ojos y 40 minutos después lo entiende, empieza a escuchar más allá del décimo piso que esta ciudad está en plena guerra; se asoma con cautela, a la ventana panorámica que da a Paseo de la Reforma, procurando no ser alcanzado por esas ráfagas y ataques que escucha.

No ve nada. La ciudad sigue hirviendo en la vida nocturna del mexicano que apenas empieza a vivir. Donald regresa a la cama. Enciende su celular y pone una selección especial con los mejores éxitos de André Rieu para poder dormir.

Los violines se confunden con los claxon, con las sirenas, las patrullas, los chiflidos; el piano se desfigura en sonidos inaudibles con los karaokes, las mentadas de madre, las promociones de tacos y cervezas anunciadas al viento por un jovencito más chilango que el metro; los tambores pasan desapercibidos por las riñas callejeras, los perreos, las bandas, las peleas de gallos, los arrumacos en esquinas oscuras, los atentados por parte de la policía y los pasos de los muchos mexicanos que somos yendo y viniendo. Donald detiene la música.

Vuelve a girar sobre sí para encontrar un refugio en sus sábanas, una barrera en la almohada para que el sonido no lo alcance, no lo dañe. Pobre de mí, habrá pensado. Tan bonita ciudad y tan llena de mexicanos.

Así pasaron tres horas. Donald terminó durmiendo en el baño, y medio pudo dormir, no tanto por la incomodidad, sino por los ruidos que seguían colándose más allá de décimo piso.

A la mañana siguiente Donald bajó enojado, y enojado es poco, la palabra es encabronado. Si, estaba encabronado, y quizá eso sería lo que más lo acercaba con el México de todos los días. El resto de su grupo no se veía mejor. En esa mañana ya no había lugar para los “Hou-la a-mi-gou” y “Viva Méjicou”. No, ahora solo había miradas “encabronadas”. Donald y el resto del grupo coincidieron en lo terrible que habían sido sus noches, y que como Donald había pensado, este país sería más bonito sin tanto mexicano ruidoso.