DE VISITANTE
Alan González
7/24/20265 min read


De repente volví a tener conciencia de mis alrededores, el olor a comida italiana (ajo, cebolla, mantequilla, cerdo y una colección de quesos) perfumaba el local, la bulla de varias mesas pobladas, cada una con una historia y conversación de la cual no soy parte, daba un buen sonido de ambiente al momento.
Incluso al estar perdido en mis pensamientos, mi mirada estaba anclada en ti, en tus ojos azules y claros en los que sentía que me perdía como si fueran un mar inmenso, tu sonrisa genuina que aparentemente tenías incluso sin darte cuenta, tu cabello dorado que se veía increíblemente suave y que tenía que controlarme para no tocarlo. Ese día tenías puesto un vestido tipo sundress rosa y blanco, lentes de sol en tu cabeza sosteniendo tu cabello como una diadema y sandalias cafés elegantes con las uñas de los pies de un color suave, beige creo. Pero mi daltonismo no me deja estar seguro.
Hablar contigo no era nada corto de un ejercicio, tu español de "Duolingo" y nuestro inglés con acento convertían cada charla involuntariamente cómica, pero no me molestaba que esa capa permeara en cada una de las interacciones, pues naturalmente nuestra relación no podía ser algo serio.
Hacía solo dos días que te conocí; me encantaba ir a museos, no solamente para apreciar las piezas artísticas o culturales, observar a la gente y los edificios antiguos me da una extraña especie de alegría imposible de describir. Había decidido ese día ir al Museo Nacional de Antropología, es sin duda alguna el museo más popular de la Ciudad de México, con el flujo de extranjeros que habían llegado por el Mundial sabía que iba a ser tortuoso, pero hay algo disfrutable en esa tortura, en estar en una masa gigante de gente u observar desde lejos a la misma.
Ahí estabas tú, sentada bajo el fuerte sol matutino, se te veía confundida y asustada pero intentabas poner una cara valiente, dudé en acercarme, temía que terminaras aún más asustada, pero me molestaba bastante la idea de dejarte ahí sola; -Hi- dije con mi voz ligeramente temblorosa pero intentando evocar que no soy un peligro -is everything okay?-, volteaste a verme algo confundida y un poco dudosa pero sí me respondiste; -I lost my tour group...-, entendí que te separaste de tu grupo y que estabas sola, lejos de tu “Airbnb” y en un país extraño.
Ambos estábamos solos y con ganas de ver el museo, me ofrecí impulsivamente a ser tu guía, no tenía nada que hacer y tú no tenías con quién hablar, parecía un gran trato.
No soy ajeno a tomar decisiones impulsivas de ese tipo (especialmente cuando involucran a mujeres bonitas), pero sorprendentemente el momento incómodo de estar con un desconocido se desvaneció de inmediato. Mi obsesión cuasineurótica de datos curiosos de culturas me ayudó a hacer más ameno el recorrido del museo, la historia del robo de la máscara te fascinó y mis chistes estúpidos sí te causaron gracia, sin darnos cuenta, el museo había terminado pero nuestra conversación seguía fluyendo.
Te ofrecí recorrer Chapultepec conmigo, para ese punto ambos estábamos interesados el uno con el otro y solo quería pasar aunque fuera un minuto más contigo. Mi corazón se aceleró, no pensé que aceptarías, pero sabía que tenía que preguntarte.
Ese día el tiempo juntos pasó “de volada”. Caminamos y hablamos; te pregunté si tenías hambre y fuimos por unos tacos. Afortunadamente mi despido del mes pasado me otorgó dos cosas vitales para estar contigo: tiempo y dinero. Te invité unos tacos fresones pero sabrosos, te gustaron mucho y me llenó de una especie rara de orgullo que te haya gustado el lugar que escogí. Intercambiamos números y quedamos con planes para vernos los dos días que estarías aquí. Me fui a casa feliz, como no tienes idea.
Al día siguiente me invitaste por unos tragos, te reconciliaste con tus amigas y fuimos como un gran grupo a un antro de la colonia Roma, caro y medio culero, pero contigo a mi lado era un lugar increíble. Tus amigas me parecieron agradables, aunque solo conocí la parte más superficial de las personas.
El antro estaba oscuro, luces de colores que parpadeaban tan rápido que por momentos apenas podía verte con claridad, pero cada que lo hacía devolvías una sonrisa sincera que aceleraba mis latidos y me obligaba a sonreír de vuelta. La música estaba demasiado fuerte para hablar, nos comunicábamos mediante gestos, sonrisas y mucho tacto. Decidí invitarte a bailar, al inicio teníamos una distancia torpe de dos personas que están tanteando el terreno, pero poco a poco esa distancia fue desapareciendo sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo. Tu cuerpo encajaba muy bien con el mío, y cuando te inclinabas para decirme algo al oído, el simple roce de tu cara con la mía se sentía más íntimo de lo que debería.
Intenté seguir la conversación cuando tus amigas regresaban a nosotros, no es que fueran aburridas, pero tú habías capturado toda mi atención, solo quería seguir ahí rozando tu cuerpo con el mío y hablar solo contigo y de ti. Tus amigas querían ir a otro lugar para una especie de after temprano pero nosotros teníamos otros planes. La tensión había escalado a un punto insoportable (y qué mejor que irnos a liberarla).
Volvimos a tu “Airbnb”. De inmediato nos besamos y tus besos, se sintieron naturales, tenían una intensidad que parecían ser de años viviendo juntos, nuestras manos exploraban cada rincón del cuerpo del otro, tocarte fue una sensación embriagante y tomarte entre mis manos mientras nos uníamos de manera carnal y romántica fue mágico.
Sin embargo, fue tras ese momento que vi el primer ápice del problema que tendríamos, la manera en la que me miraste cuando nos abrazábamos después de coger estaban tan llena de amor, que supe que la había cagado (porque seguro la mía estaba igual o peor).
Volvamos al día de hoy; quedamos en ir a comer a mi restaurante favorito, un lugar de comida italiana con un ambiente increíblemente familiar, tranquilo y con precios decentes. Te veías muy hermosa, tanto que me costó mantenerme concentrado, desafortunadamente soy un maldito pesimista y mi mente comenzó a divagar con una dolorosa pregunta -¿qué pasará mañana cuando regreses?- me quedé absorto en mis pensamientos.
Hablamos de cosas muy variadas, conversaciones triviales y las más profundas posibles. Nos sentíamos tan cómodos el uno con el otro, pese a ser poco más que desconocidos, había una especie de conexión entre nosotros imposible de ignorar. Sin embargo, no pude estar tranquilo, esperaba que tú no te hubieras dado cuenta.
Terminando de comer volvimos a tu alojamiento, esta vez el sexo fue menos frenético. Tomamos todo con calma, lentamente tu cuerpo se fundía con el mío y por un momento todo se me había olvidado, lo único que existía éramos tú y yo.
Pasaron las horas, el día se hizo noche, estábamos acurrucados en la cama sin decir nada, me volteaste a ver a los ojos y me dijiste con tristeza que te alegrabas mucho de haberme conocido, en tu voz se noté el gran esfuerzo que hiciste por no romperte. Te respondí que opinaba lo mismo, intentando sonar lo más tranquilo posible, pero vi que quisiste decir algo más, aunque no lo hiciste. -I ... Te detuviste, sonreíste apenas, como corrigiéndote a ti misma.
-I’m really glad I met you.
En tus ojos vi algo. No sé si fue mi deseo de que sintieras lo mismo o solo maquinaciones mías, pero juraría que guardaste algo que querías decir, algo que ninguno de los dos pudo permitirse.
Supongo que nunca lo sabré, pues… nunca volveremos a vernos.



