DOMINGO DE TORTA DE JAMÓN
Dann Recinos
10/26/20268 min read


Son las 4 de la madrugada con un minuto. Voy terminando un trabajo de investigación que me pidieron por motivo de mi maestría. Hace tanto frío que me hiela los huesos, soy víctima de un insomnio que me tiene en la total incertidumbre, puede que esto se deba principalmente al miedo que tengo de escribir esto: un miedo genuino, un miedo a la crítica, un miedo a creer que esta historia puede no ser tan buena, pero creo que cuando se escribe desde el alma, cualquier persona puede hacerlo y está bien.
Hoy en día no soy tan fanático del fútbol. Sin embargo, hubo un tiempo en el que sí lo era. Volvamos 22 años atrás, especificamente, a una tarde de mayo del año 2004, cuando me encontraba con mi familia disfrutando de la hora de la comida, en la televisión se proyectaba un partido de los Pumas. Hasta ese momento, pensaba que ese equipo era al que tenía que apoyar porque en su gran mayoría mi familia le va a los Pumas. Sin embargo, tengo un recuerdo de una posada, en la que surgió una temática interesante: cualquier persona que llevara un artículo o prenda de ese equipo se le entregaría una sorpresa. Recuerdo que mi madre le preguntó a mi papá: "¿Y crees que ganen tus Pumas?" A lo que mi papá respondió: "Yo no le voy al Pumas; es un equipo que me cae bien, pero yo le voy al Cruz Azul." En ese instante, tomé la decisión de optar por los colores azules y definir mi apoyo futbolístico a ese equipo de por vida.
Ya que conocen ese contexto, quiero platicarles una historia algo simple, pero que me llena de recuerdos tan dulces que incluso me hacen sonreír cada vez que vienen a mi mente. Mis padres desde siempre han trabajado, pero antes los domingos sucedía que tanto a mí como a mi hermana nos dejaban al encargo de mi tía (una gran fanática de los Pumas). Una semana me quedaba yo, otra semana se quedaba ella. Poco a poco, la dinámica se fue erosionando hasta que al único que dejaban a encargo era a mí, debido a que yo no tenía ningún problema de convivir con mi prima, cosa que a mi hermana, al tener rivalidad con ella, no le era muy sencillo.
Siempre fui un niño muy curioso; andaba tocando e investigando todo lo que estaba a mi alrededor. Tan es así, que una vez, debido a la negligencia de mis cuidadores y una falta de criterio por mi edad, terminé quemando una parte del piso de vinil de mi casa.
El punto aquí es que mi tía estaba casada con un trabajador del sindicato de la UNAM. Él trabajaba principalmente de seguridad en el estadio, por lo que le era fácil, y estaba incluido en sus beneficios como trabajador, el darle acceso a sus familiares. Pocas veces fui al Estadio Azul a ver al Cruz Azul, y menos veces me perdí un partido de Pumas. Sin embargo, en lo más recóndito de mi ser, recuerdo cuando decidí que los colores en la camiseta que apoyaría no serían los de los Pumas, sino los de la máquina cementera. Era un domingo cualquiera (en el que también me dejaron al encargo de mi tía), al ver las noticias me enteré de que ese día se iba a disputar un partido entre los Pumas y el Cruz Azul, lo que me puso sumamente emocionado y con miedo a la vez; estaba en la total incertidumbre porque, de ganar el Cruz Azul, podría al día siguiente presumir a mis compañeros de la primaria esa victoria, y en caso de derrota, tener que aguantar las burlas y los malos chistes, tanto de los que le iban al Pumas como a los demás equipos.
Ese pensamiento estuvo un tanto presente en todo el día, ya que luego me enteré también que ibamos a ir al partido. Como no tuvimos tiempo de desayunar, mi tía nos preguntó si queríamos una torta, yo pensé que iba a preparar una torta al estilo las de “El Chavo” (un clásico). En su lugar, pasamos a un puesto de tortas gigantes, de esas que están afuera de cualquier metro. Era un puesto icónico que lleva años afuera del metro Universidad. Por lo regular, me gusta más la torta de salchicha, de milanesa, o en su caso de chorizo; pero mi tía no me preguntó, simplemente pidió dos tortas de jamón, una para mi prima y una para mí. Yo no tuve problema, pero sí le aclaré que también quería un jugo. Mi tía, siempre muy linda conmigo y preocupada por mi bienestar, accedió fácilmente (consciente de que yo, de niño, era muy glotón).
Pasada la comida, llegó el momento de ir al estadio, tomamos un taxi (los días domingo no hay Pumabus en CU). Ya en el estadio, tomamos la fila de acceso para los trabajadores, familiares e incluso estudiantes que tenían oportunidad de disfrutar de este beneficio de entrar a los partidos sin costo. Allá en la puerta ya estaba esperando mi tío con sus credenciales en la mano para darnos el acceso. El tuvo que esperar ahí a que terminara el primer tiempo para poder acceder; lo bueno de esto es que, como trabajaba en el estadio, siempre nos daban un lugar preferencial en planta baja y/o en algún palco.
Esto lo reflexioné muchos años después: el privilegio del cual yo era partícipe en ese momento, que claro, siendo un niño, lo veía bastante normal. El primer tiempo empezó. Como siempre, los Pumas eran más en su estadio. La “rebel”estaba dividida por secciones dependiendo del lugar de donde viniera, estaba la “Rebel” de Iztapalapa, la “Rebel” de la Magdalena Contreras, la “Rebel” de Coyoacán, etc. Y en la cabecera, en una pequeña parte, estaba la porra del Cruz Azul. Yo había preguntado si podía ir para allá, para desde esa trinchera apoyar a mi equipo; obviamente mi tía me dijo que no, que los lugares que nos correspondían era en donde estábamos.
Olvidé mencionar que para ese día yo había llevado una playera del Cruz Azul; era raro porque mi tía, mi prima y mi tío tenían su playera del Pumas. Pero ahí estaba yo, como el frijolito negro en medio de tanto Puma, con mi playerita del Cruz Azul. ¡Qué más da, era un niño de 8 años!
El primer tiempo fue aburrido; casi no hubo movimientos de tensión entre los equipos. Pero en un momento, mientras le daba unas mordidas a mi tortita de jamón, el Cruz Azul anotó el primer gol. En la fila enfrente de mí había dos aficionados de la máquina que yo no había identificado, debido a que no traían playera del equipo; sin embargo, al momento del gol, yo no me la creía, no me caía el veinte, hasta que escuché que ellos dijeron: "¡Metieron gol, güey, metieron gol!" La porra del Cruz Azul ya llevaba como 5 segundos festejando, y a mí no me caía el veinte. De un impulso enérgico grité "¡Gol!" y levanté mis puños demostrando que también era parte de la ovación.
Cada que recuerdo esa historia a mi prima le da mucha risa, sobre todo por el retraso que tuve al momento de la celebración. Pasado el primer tiempo seguían 0 a 1 a favor del Cruz Azul, mi tío llegó con papas fritas, refrescos y una botana que nunca había probado en mi vida: eran cuadritos de queso de puerco en escabeche, algo que puede no verse tan atractivo inicialmente, pero cuando lo probé me supo a gloria.
En eso, de tanta felicidad, se me ocurrió empezar a hablar de la grandeza del Cruz Azul, insinuando que en el siguiente partido le iban a ganar al América. En ese momento, mi tío me detuvo y me dijo: "Hey, no hables mucho del América, porque esos de allá son duros de la rebel”. Yo volteé y vi a dos señores muy mal encarados y lo suficientemente ebrios como para tomar acción al momento de escuchar que alguien hablaba del peor enemigo de los Pumas. Lo único que hice fue entender, y ya no hablé más de eso.
El partido terminó y yo no podía quitarme la felicidad de encima. Pasamos por unos tacos de canasta de una bicicleta que se ponía afuera del estadio; como siempre, yo me pedí tres de chicharrón y dos de papa. Estaba feliz porque aún me quedaba la mitad de mi tortita de jamón, y mi prima ni siquiera se había dignado a darle una mordida a la suya, situación que me iba a beneficiar porque esa torta me la terminaría comiendo también yo.
Después del partido, visitamos el Museo Universo (al cual mi tío también tiene acceso gratuito). Al visitarlo tan seguido, me sabía de memoria las alas y las exposiciones que se encontraban vigentes; pasaba a ver cada minúsculo detalle de cada exposición, y a pesar de que lo hiciera cada vez que iba, no podía evitar volverlo a hacer.
Ese día fue un momento sublime para mí, toda vez que al día siguiente presumí en mi grupo de primaria, con supremacía, los colores de mi equipo. Tengo que aclarar que, a pesar de que fuéramos niños, en mi clase había mucha tensión respecto a lo que pasaba en el fútbol. Definitivamente eran otros tiempos, en los cuales no existía el internet en su totalidad, o al menos nosotros los menores, en aquel entonces, no teníamos tanto acceso a él como lo es tan fácil hoy en día. Por lo que el fútbol era un escaparate y un tema de interés entre los compañeros. Al menos todos estábamos de acuerdo en que el equipo que compraba árbitros y robaba partidos era el América.
Hoy en día, como lo mencioné hace unas líneas, no soy tan fanático del fútbol pero cada que recuerdo esta historia, vienen a mí sentimientos de felicidad y nostalgia, y sobre todo agradecimiento por todos los privilegios y beneficios que tuve y el buen trato que siempre me dieron mi tía y mi tío. Tampoco dejo de lado lo agradable que era el que mi prima nunca se terminara sus cosas de comer, cosa que a mí me encantaba, porque así yo pude seguir siendo un glotón.
¡Enhorabuena! Cruz Azul se llevó la décima copa de liga, y es buen momento para hacer una remembranza de los buenos instantes que tuve en su tiempo apoyando aese equipo, recordando ídolos como el “Chelito”, el “Kikín” Fonseca, Gerardo Torrado, el “Conejo” Pérez, Richard Núñez, entre otros. Ya son las 5 de la mañana y yo no he dormido nada. Como dice la canción, verdaderamente me encuentro en un momento onírico en el cual el recuerdo y la inspiración llegaron a mi mente. Agradezco a Dios y a la vida por todos los buenos momentos que he tenido; los malos también, por enseñarme y mostrarme el otro lado de la moneda. Me queda claro que la felicidad la construye cada uno día a día, con buena intención y actitud, a pesar de la situación.
Ahora mismo, debido a la falta de sueño, me ha llegado un antojo enorme de una torta de jamón del puesto de metro Universidad. Dormiré un poco y, pasadas las 12 del día, compraré una, con la cual, después de cada mordida, recuerde a mi tía y su amor intrínseco que brindaba hacia mí. Después pasaré a verla a su localito que tiene afuera del CEPE y frente a la Facultad de Filosofía y Letras; le recordaré aquella historia, y estoy seguro de que le dará risa, como desde aquel entonces.
Esta maestría está acabando conmigo, pero no lo logrará. En buena hora, seguimos en la lucha; seguimos creciendo de manera académica y profesional, pero sobre todo vital. Momentos como este son los que verdaderamente valen la pena y merecen recordarse. Gracias, Dios; gracias, vida, por darme sensatez y mostrarme el camino donde lo único que había era miedo y duda.



