EL EQUIPO TRICOLOR TIENE MUCHO CORAZÓN

Medel Palafox

7/27/20267 min read

Nacido dentro de un submarino amarillo en el 66 cuando los Beatles estaban en su apogeo, fui una especie de nerd experto en mentiras, libros, música y deportes. Y lo sigo siendo, porque aún sigo robando aire y produciendo ácidos gástricos -el que de joven fue pendejo, de viejo es un “viejo pendejo”-, le espeté un día al “Gualula”, un primo ruco igual que yo, pero demasiado ingenuo, respetuoso y admirador de los verdaderamente ancianos.

Él es de los que creen que con la edad, la sabiduría emerge en los adultos mayores y no tan mayores como por acto de magia o como si fueran hongos o juanetes en los pies ajados. De igual manera, yo sigo siendo lo que fui aunque “reloaded” dirían por allí.

Una mañana de fin de semana, quizás un sábado a principios de marzo de 1986, me despertaron unas voces aguardientosas y el chocar de envases de caguama de color ámbar. Eran mi hermano menor, Mikel, y el primo Martino.

No eran aún las 6:00 de la mañana y seguían de fiesta. No digo mi apellido, para que no me ubiquen y ahorrarme la vergüenza, pero allá en mi lindo Guanajuato, “La Tierra de mis Amores” éramos famosos por beber sabrosamente como cosacos chichimecas, como Dios manda. Éramos dos generaciones de bohemias del Bajío, mi padre y los tíos y ahora mis hermanos y los primos. Yo era la excepción, aunque poco duró el gusto.

“No güey, tú no sabes lo que es llorar por una vieja” dijo Martino, “¡Se siente bien gacho! “Camara K’on” respondió mi hermanito de 15 años en aquel entonces. “La Mónica me ha hecho llorar harto con sus desplantes que ahora hasta los tangos que escucha mi jefe empiezan a gustarme”.

“Tranquilos chavos” les reclamé con voz adormilada. “Dejen dormir a esta pobre alma científica. Váyanse a beber su mierda al terreno”. “En serio. Bájenle de huevos si no quieren que vaya a quejarme con Domi, mi madre”.

El tal terreno era un baldío inclinado de unos 50 x 20 metros propiedad solo Dios sabe de quién, que los chicos del vecindario utilizábamos como cancha de futbol, salón de fiestas, bar improvisado y hasta ring de boxeo.

“Ya Chakita, aguanta poquito” me pidió mi hermanito vestido a la “Yeah Yeah con chamarra de cuello Maho y pelo largo de príncipe valiente a la Ringo Starr”. A sus 15 años era muy buen músico, musicólogo y bebedor. Su aliento hedía a charanda y aún estaba pedo. Tocaba la batería en una banda llamada “Los Barrys”. Se cambiaba al bajo en las canciones de Creadence Clearwater Revival que yo les había trascrito para lo cual se volteaba de espaldas al público imitando a George Harrison en el Kaiserkeller en el barrio rojo de Hamburgo.

“No mames”, le había dicho Gil, mi otro hermano, aquí en México no hay restricciones para los menores de edad en los antros. En aquellos tiempos, los antros aún eran antros y no hace falta decir que de mala muerte.

“Mira carnal”, te voy a poner un cassette que me prestó Chavelo. Es de un grupo español como tu ídolo el tal Serrat. Se llaman “Los Hombres G”. “Nel, güey, no me gustan”, le respondí. “¿Ya los has escuchado?” me preguntó. “Mmm, no. Pero no me gustan”.

Le valió madres mi respuesta. Tomó el cassette Memorex y lo metió torpemente en la boca cuadrada ya sin tapa de una grabadora Aiwa que mi papá había traído de San Juan de los Lagos. Conseguir fayuca en mi ciudad era complicado en aquellos ayeres. Dudábamos que la grabadora fuera original, pues una de las dos bocinas que traía era fingida, no traía altavoz en el lado derecho. Así venía de fábrica, totalmente lisa, lo juro. Pinches chinos, ya desde entonces nos madreaban.

Resignado, pues de todas maneras tenía que seguir estudiando termodinámica para el examen de la siguiente semana, me senté en la cama superior de mi litera con la cabeza rozando el techo y los pies desnudos balanceándose. Hacía mucho frío, como suele hacer al final del invierno en mi ciudad.

Mikel retrasó la cinta y “puso play”. Era un cassette mezclado y empezaba con unas voces quizás madrileñas y un chocar de vasos agregados por el DJ. Se oía bien. Enseguida se dejaba venir la primera rola:

Comprendí entonces de dónde venía la discusión del llorar por mujeres que pagan mal. Me gustó, y les pedí que la repitieran. Después vino “Hace un año”, también me gustó. Luego siguieron con “Devuélveme a mi chica” y “Venezia”, canción que me hizo volar al infinito y más allá. Corre sangre italiana en mis venas debo acotar.

“Gracias Mikel, estos tipos son fabulosos”, debía haberle dicho, pero no le dije. Yo lo había introducido al mundo de los Beatles y a la Nueva Trova Cubana. El me presentó a los Hombres G.

Era 1986, éramos felices y no lo sabíamos, era el año de nuestro segundo mundial. Hugo Sánchez la rompió con el Real Madrid en España en el campeonato 85–86 y estábamos seguros, al menos yo sí, que llegábamos a semifinales. Teníamos también al “Abuelo Cruz” de Rayados que era un gambetero Carioca nacido en México. Pablo Larios, un fideo súper flexible era nuestro cancerbero. León e Irapuato fueron sedes mundialistas y para rematar todos los partidos los pasaban por TV abierta. El paraíso se había instalado en México.

Y los vasos con hielo siguieron chocando, y las risas y palabrotas resonaban en la casa de campo de los cuñados de mi hijo que me habían invitado a ver un juego de las Chivas y a degustar una excelsa carne asada preparada por su padre.

Ganaron las Chivas con gran actuación de “la Hormiga”. Ya ni quien recordara al “Chícharo Hernández”, mucho menos al “Venado Medina” o al “Snoopy Pérez”, reflexioné. Los años pasan, y como decía mi querido Pablo, nos vamos poniendo viejos. Nos vamos jodiendo y volviendo fantasmas grises.

Los cuñados de mi hijo, Rigo y Roco, son jóvenes expertos conocedores de futbol y solo de eso hablan. “Sueña, respira y vive tu liga”. Y mi hijo y yo nos mimetizamos y resonamos junto con ellos. “¿En su larga vida, para usted cuál ha sido el mejor mundial?”, me preguntó Roco con inocencia. No dudé en responder: “el mejor mundial fue 1986”, “y mi vida no ha sido aún demasiado larga, escuincle pendejo”, pensé.

En realidad, futbolísticamente el mundial de 1982 fue muchísimo mejor, pero para variar México no participó. Los Catrachos y demás tribus centroamericanas los devoraron vivos en el octagonal eliminatorio. Los nuestros murieron cagados y sin pañales.

México no jugó los mundiales anterior y posterior al 86, uno por ineptos y el otro por tramposos. No, señora Clau, no se enoje. No hablo de usted. Ni cómo negar la cruz de la parroquia. Así es mi pueblo, el pueblo bueno dice aquel.

Como te digo una “Co” te digo la “O”. ¿Qué traes jefe?, me reprendió mi hijo; dices que el 86 y luego te contradices y te decantas por el 82. Ponte de acuerdo con tu niño interior. Ya te pareces al “cabecita blanca” o a su becada “doña izquierda”.

Bueno, le respondo. Los dos mundiales fueron magníficos. El alemán Rummenigge, los ya rucos brasileños Zico y Sócrates, los argentinos Maradona y Valdano, el francés Platini, el inglés hijo de Chabela, Gary Lineker, el Buitre español y su socio mexicano Sánchez. Puros figurones. Cómo olvidar esa pequeña muestra maestra de jugadores de antaño. Esos que aún eran “machos” y artistas.

-Tranquilo, señor M- contraatacaron los “millennials” o los “Z’s” o lo que sean. Ahora vienen Messi, Cristiano, Mbappé, Haaland, Yamal, Vinicius, Kane, y muchos mas. Nada que comparar sus tiempos precámbricos con el siglo XXI. Se me hizo un nudo de coraje en la garganta, quizás tenían razón.

Lo pensé bien, y decidí no contraatacar. Hoy día no soy tan docto en el deporte de las masas como un día lo fui. Cuando tenia poco o nada mejor que hacer.

Los 80, sueño con esos años. Fui preparatoriano, fui universitario y fui muy feliz. Hubo dos mundiales en esa época y la mejor música del universo en cualquier idioma, inglés, español o italiano. Asimov y Clarke se daban un tiro escribiendo mas y mejores novelas de ciencia ficción. Stephen King escribió sus mejores obras en esta década antes de convertirse en una máquina de escribir y de hacer dinero reduciendo su calidad a un tercio de lo que era.

Yo soñaba con que México haría historia y estuvo cerca, pero nos encontramos a una Alemania ex-nazi que destrozó nuestras esperanzas en la cálida ciudad de Monterrey en la que aún sonaba el estrambótico Rigo Tovar y los Bukis amateurs abriendo sus conciertos a lo largo del Río Santa Catarina. Fue triste ser eliminados en tiempos extra, pero la verdad ya estábamos acostumbrados desde tiempos de Cortés.

A la fecha me emocionó mucho cuando escucho los famosas “Oldies de los 80’s” y al azar me sale “Me and Mr. Sanchez” de Blue Rondo a la Turk, el himno no oficial de España 82. Una obra única de la asociación inglesa, una fusión de jazz y ritmos latinos que abría las transmisiones del mundial.

Pero no todo es futbol y música, también hay una realidad terrible que vivimos todos los mexicanos, un futuro sin esperanza, sin certeza. Alguien me decía, “TheFourTi” aprovechará el evento para seguir haciendo de las suyas. No son necesarias cortinas o muros para que continúen haciendo pedazos este país que ya estaba hecho trizas y que pensábamos no podía ir peor, -respondí-. Pero todo es posible, siempre hay un escalón más abajo.

Yo disfrutaré el máximo este mundial pues ya me quedan pocos y debo aprovechar que aún me siento bien y se “chiflar” con singular alegría como lo hice al mentarle la madre al sr. De La Madrid en el 86 escudado en el anonimato que nos da una pantalla de televisión pues ni estuve ni estaré en el partido inaugural. Bueno, ella tampoco estará.

“Nunca hemos sido los guapos del barrio”, ni lo seremos, y ya casi con cincuenta y diez me vale madre no serlo.

¡Viva México camiones!

No lloraré

Si necesitas otra vez

Que alguien llore por tu amor

Otra vez

No me llames, no desgarres tu voz

Porque yo, no lloraré, no lloraré

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