EN LA GRADA DEL ESTADIO NACIONAL
Al. Ferrieta
10/26/20269 min read


Los esperé mil horas y ciento ochenta y seis minutos, todo para que el partido fuera un completo tirano.
El calvario comenzó el jueves de sambuca a las doce treinta y tres de la tarde cuando liberaron los boletos para ambos partidos. Conseguir entradas fue el primero de los varios dolores de hígado que me iban a dar esta semana.
Mi tarjeta de crédito y la página web de la boletera conspiraron para sacarme la bilis, puesto que pasadas las cuatro de la tarde fue cuando por fin las cosas empezaron a salir bien, aunque la fila virtual me arrojó un número menos obsceno: ciento veinte mil personas antes de mí.
Tres horas y varios antiácidos después obtuve dos entradas en planta baja para el primer partido y dos en la zona alta para el partido de vuelta en casa. Cuando llegó el correo de confirmación celebré como si hubiéramos metido un gol al minuto noventa. Qué ingenuo me vi, pero es que estaba muy feliz.
El viernes fue el partido de ida, el cielo se encapotó temprano y el precopeo de cervezas en el depósito de la esquina donde nos dejó el camión no podía faltar. A ese juego me acompañó el “pana” Dani, un grande del deporte. Ambos llegamos al estadio rival con los ojos bien abiertos y la hostilidad flotando en el aire, sentimos como nos miraron feo, pero es normal ¿quién va a apoyar al rival?
La grada local era una marea ensordecedora, un muro de ruido y abucheos que nos cayó encima desde el calentamiento de nuestro equipo, lo contrarrestamos con un par de vasos conmemorativos repletos de cerveza escarchada y una sopa instantánea bastante cara pero muy sabrosa.
Al cabo de unos minutos rodó el balón, la ilusión de victoria duró exactamente once minutos. El goleador de la temporada, el “gallo Rodríguez” salió lesionado por una barrida en la zona de la portería rival, su pierna nos regaló un tiro libre que acabó rebotando en el poste, bendecidos los otros.
El director técnico eligió para este primer partido a cuatro de los seis mejores jugadores. No entiendo cómo funciona la directiva y las decisiones que toman, pero jugar a la ruleta rusa con la alineación en una final es una cachetada de guante blanco para la afición. Guardarse la artillería pesada para la vuelta cuando estás de visitante es como querer apagar un incendio con vasos de agua y hielo.
Para colmo de males, el planteamiento “erizo” del 4-4-2 del técnico nos pasó factura antes del descanso. Un error grosero en la salida de nuestra defensa, de esos que te hacen querer arrancarte los ojos y que ni el mismo Diego Armando Maradona como técnico hubiera permitido jamás. Joel “el tigre” Jiménez dejó el balón en bandeja de plata a su extremo derecho. Gol de ellos.
El estadio rival se quería caer a gritos de euforia. Daniel y yo nos tuvimos que tragar el coraje en silencio, clavando la mirada en el vaso de cerveza para no hacer contacto visual con nadie. Fuimos bañados en cerveza ajena y tristeza propia.
Pasados noventa y tres minutos y varios corajes por fallas claras y balones volados terminamos perdiendo el de ida por la mínima, un 1 a 0 que calaba hondo, pero la verdadera tragedia fue la baja del “gallo Rodríguez".
La salida del estadio rival y el viaje de regreso en el camión fue un velorio repleto de ovaciones a los contrarios hasta casi veinticinco minutos después cuando nos bajamos. El sábado entero transcurrió en un limbo de pura ansiedad y de comentarios por supuestos “expertos” en el tema de ataques verbales hacia los jugadores y los directores técnicos.
Fueron esos días en los que el tiempo se estira como liga hasta casi romperse y no te hallas en ningún lado, las redes repletas de reportes médicos del “gallo Rodríguez” con la remota esperanza de que lo de su pierna hubiera sido solo el susto, el periódico tenía fotos espectaculares de los jugadores y la televisión como único tema de interés en los canales era la final de vuelta.
La prensa local y el chismorreo de la gente ya nos daba por muertos, los analistas de la tele se daban un festín anticipando nuestro fracaso, los “momios” de apuestas nos tenían contra las cuerdas y la bilis del jueves por los boletos mutó en un hueco en el estómago que no se quitaba ni con el desayuno de unos buenos tacos de birria.
Para el juego de vuelta, como mi padre me había enseñado, en estos gestos de caballería y romance, pasé por Paulina seis horas antes; dos para evitar contratiempos en el trayecto, una para estacionarnos no tan lejos del estadio y tres para conseguir buenos lugares, chucherías y un par de cervezas con escarchado picante en un vaso conmemorativo de nuestro equipo.
Sorpresa mía la que me llevé cuando la preciosa y divina mujer sacó de su bolsa una caguama de una cerveza con nombre extraño. Sonrió y ambos supimos que era una complicidad viciosa antes de un partido. Llegamos puntuales a la grada alta del Estadio Nacional, el viento soplaba frío y la tensión acumulada nos hacía sudar más frío. Caían algunas gotas y un vendedor (con pocas ganas de vender) nos intercambió un impermeable del equipo por unos billetes viejos.
Los dos boletos de planta alta que tanto me habían costado conseguir valieron completamente la pena, estar ahí arriba, con la panorámica completa del coloso nacional y el rugido de nuestra gente abrazándonos, se sentía como el lugar exacto en el que debíamos estar para atestiguar el milagro de la victoria.
El equipo salió veinte minutos antes a recibir los aplausos y las porras de su gente. Cómo los amo. La alegría y el gozo que me da estar frente a los 22 jugadores que darán su vida representando los colores de los que me enamoré en la infancia no tiene precio.
Antes de comenzar, llegó la cereza del pastel; la ceremonia de la liga. Dos jugadores leyenda de cada equipo llevaron al centro de la cancha el trofeo oficial con la fecha y la sede grabadas, acompañado de las medallas de primer y segundo lugar perfectamente acomodadas sobre una mesa iluminada que hacía lucir aún más importante el momento. Ver ahí la copa, tan cerca, brillando bajo las luces del Estadio Nacional, terminó por convertir la noche en algo mágico. Cantamos el himno nacional y con cinco minutos de aplausos llevaron la copa y las medallas al pasillo de la victoria para esperar al ganador.
Cuando el árbitro dio el silbatazo inicial, el estadio entero se convirtió en un manicomio de apoyo a los 11 titulares en los que nuestra fe recaía y en los otros sentados esperando darle un respiro a esos guerreros que se iban a dejar la piel en la cancha. El técnico por fin entendió la magnitud del escenario y mandó al césped a la artillería pesada que se había guardado en la ida ya sin uno menos. Se acabaron los inventos y los planteamientos “erizos”, esta vez salimos a proponer, a asfixiar, a morder y a hacer valer el peso del Estadio Nacional desde el primer segundo.
La pelota circuló rápido, con una intensidad que no le habíamos visto al equipo en todo el torneo. Al minuto veinticuatro, la justicia divina se hizo presente, un desborde magistral por la banda izquierda terminó en un centro retrasado que nuestro mediocampista prendió de volea, la mandó a guardar pegada al poste izquierdo.
¡Golazo! El Estadio Nacional estalló en una cátedra ensordecedora que se debió escuchar hasta el centro de la ciudad. Paulina y yo nos abrazamos festejando con una euforia que nos borró de golpe la incertidumbre boletera del jueves y la amargura del partido de ida. El global se empataba uno a uno. El gigante estaba por despertar.
Pasaron los primero cuarenta y cinco minutos más uno de añadido, que felicidad la nuestra. Un compañero gritó gradas atrás ¡Arriba el equipo y arriba amor! Mientras un par de románticos se daban un beso. Paulina y yo procedimos a hacer lo mismo. Las papitas caras que se venden por ahí lo valieron todo, el hambre se estaba apoderando de nosotros y la victoria cada vez se sentía más cerca.
Para los quince minutos de descanso el estadio se llenó de cohetes y humo de los colores del equipo y un espectáculo de drones que uno de los patrocinadores decidió poner, una joya visual que solo ocurre durante las finales.
Po segunda ocasión el equipo salió a la cancha y fue recibido por una avalancha de aplausos y gritos. Tenían la obligación de darlo todo y si fallaban, de igual manera los íbamos a amar, pero necesitábamos ver que se rompieran el alma por los colores y la institución. Nuestras playeras eran de la temporada 89-90 y 2004-2005, estaban listas para recibir la segunda mitad.
El silbatazo que reanudó las acciones trajo consigo un guion completamente distinto, uno de esos que te van consumiendo la vida minuto a minuto. Aquí se puso tiránico. El rival, herido en el orgullo y sacudido supongo por el regaño del medio tiempo, salió a morder con la desesperación del que se sabe contra las cuerdas. El juego pulcro y fluido que nos había regalado el primer tiempo se transformó en una carnicería un poco cochina. El balón rebotaba entre cabezazos mal tirados, reclamos al árbitro y piernas medio cansadas.
Paulina y yo estabamos abrazados en el frío del aire y aferrados en los gritos de la porra. El viento soplaba con más fuerza y las nubes bajas amenazaban con soltar un diluvio que nunca terminó de caer, como si el cielo también prefiriera aguantarse la respiración. Cada vez que ellos cruzaban la mitad de la cancha, a los miles que estábamos ahí arriba se nos paraba el corazón.
Joel “el tigre” Jiménez casi se redime de su pecado de la ida con una barrida milagrosa al minuto sesenta y dos, desviando un balón que ya olía a tragedia nacional. El suspiro colectivo de la tribuna fue tan fuerte que levantó los impermeables plásticos de las butacas y arrojó varios vasos de cerveza.
El técnico rival movió sus piezas, metió dos camiones atrás y apostó todo descaradamente a congelar el reloj para forzar los penales, para su suerte empezaron a sucederse esas escenas que te revientan el hígado y la bilis vuelve a la garganta; su portero tardándose una eternidad en cada saque de meta, jugadores tirados en el césped doliéndose de calambres fantasmas y cambios que demoraban un siglo.
La desesperación estaba llenando mi gabeza y filtrandose de la grada a la cancha, nuestros pases, antes precisos, se volvieron balonazos sin destino. El partido se había vuelto un tirano insufrible que jugaba con nuestra salud mental. Llegamos al ochenta y seis, el marcador de la vuelta seguía uno a cero, un angustiante uno a uno. Las gargantas ya estaban rotas y la caguama de marca extraña que Paulina había llevado era solo un recuerdo. No quería que lo resolvieran en penales, es la ruleta rusa más cruel del fútbol.
Minuto noventa y dos. El cuarto árbitro levantó el tablero, tres minutos de añadido. Era la última bocanada de aire para todos. Nuestro extremo derecho, el joven maravilla “Carrillo” arrastraba las piernas del cansancio, sacó fuerzas de la nada para pelear un balón muerto cerca del tiro de esquina. Recibió una falta violenta que el estadio entero gritó como si fuera un penal. Todo el coloso se puso de pie. Nuestro portero, el ganador de tres copas Europeas subió a rematar también, era el todo o nada, la última jugada antes del silbatazo final.
Vino el centro, un trazo tenso y cerrado que techó a la defensa rival. Entre una marea de cuerpos y cabezas, apareció nuestro capitán, ese que había aguantado las críticas de los "expertos" toda la semana. El balón pegó en el travesaño, picó adentro de la línea y el rechace lo empujó un defensa de ellos en su desesperación por despejar y luego ¡Gol! ¡Gol de campeonato al minuto noventa y tres!
Lo que pasó después fue un borrón de pura locura y lágrimas. El Estadio Nacional crujió desde sus cimientos. Abracé a Paulina con todo el amor y la euforia que mi pequeño cuerpo tenía en ese momento, la grada alta se convertía en un terremoto de desconocidos abrazando a desconocidos. Los impermeables volaron por los aires y la cerveza escarchada que quedaba sirvió para bautizar la gloria. El árbitro ni siquiera reanudó, decretó automáticamente que éramos campeones.
Minutos después, mientras los drones volvían a iluminar el cielo y los fuegos artificiales pintaban la noche de nuestros colores, vimos a los jugadores subir por el pasillo de la victoria. Ahí estaba la copa, brillando más que nunca, y las medallas colgadas en el pecho de esos veintidos guerreros que se habían roto el alma. Valieron la pena las mil horas de espera, la bilis de la boletera, el viaje de velorio del viernes y los dolores de hígado. Al final, el fútbol es un tirano, el más grande de todos; da oportunidades, revanchas, dolores, tristezas y victorias que se quedan grabadas en generaciones y se narran como historias.
Bajamos las escaleras del Estadio Nacional flotando, con las piernas temblando por la adrenalina y la garganta completamente deshecha, pero con una sonrisa que no nos cabía en el rostro. En los pasillos del coloso nos encontramos con mil y un hermanos de nombres desconocidos pero colores idénticos, el abrazo fue de esos que rompen costillas, un desahogo colectivo en el que se mezclan las lágrimas de emoción con el recuerdo de tantas finales perdidas y tantas promesas hechas al viento. Salimos a las calles, tocamos claxons y llegamos a todos los monumentos a celebrar, la ciudad era una fiesta total, un carnaval interminable de banderas ondeando y cantos que desafiaban a la madrugada. Ese día ganamos todos.



