LAS LUCES DE ESTA CIUDAD
Fernando Lugo Cortés
4/15/20265 min read


Durante el día parece una jungla gigantesca en la que se respira humo en lugar de aire fresco, en el que el ruido de las aves se intercambia por el del claxon de los autos y el bullicio de las personas que la transitan día con día.
Todo el mundo vive de prisa, parece que son golpeados continuamente por el látigo de sus amos, pero cuando el reloj marca las doce, algo distinto sucede; la ciudad baja su voz, las calles poco a poco pierden el ajetreo matutino, al igual que en la selva, aparecen otro tipo de criaturas.
Nando lo sabe bien. Trabaja hasta largas horas de la noche como abogado litigante en un despacho jurídico al sur de la ciudad, cuando termina, de regreso a su hogar es chofer de aplicación. Desde su vehículo observa con atención esa jungla de asfalto. Vive al norte de la ciudad, así que redirecciona la aplicación hacia casa y, para llegar, debe atravesar lo que él llama el abrevadero: el centro histórico. Como en toda jungla, ahí no hay distinciones; depredadores y presas lo comparten con una extraña paz.
Lleva cinco años tomando la misma ruta de regreso. Opina que la noche es más honesta que el día: mientras de día todos fingen tener un destino claro, por la noche la gente sube a su auto con los hombros caídos y la verdad en los ojos.
La aplicación vibró en su celular, pero, distraído por un choque, no se fijó en el destino del viaje y solo aceptó. Esa madrugada la ciudad estaba húmeda. Había llovido el asfalto reflejaba los semáforos como si fueran estrellas atrapadas en el suelo.
Nando manejaba por eje central, pasó frente a un puesto de tacos. Dos estudiantes reían, medio dormidos, esperando su orden. En la radio sonaba una canción del año 2008. Llegó al punto y fue entonces cuando la vio. Una mujer esperaba en la banqueta, llevaba un abrigo oscuro y el cabello ligeramente mojado. Miraba la calle con una calma extraña, como si no tuviera prisa. Nando bajó el vidrio.
- ¿Usted pidió el servicio? - preguntó.
La mujer tardó unos segundos en responder, miraba la avenida como si buscara algo entre su inmensidad.
- Buenas noches- dijo Nando con ánimo repetitivo.
- Buenas noches- respondió la mujer.
La voz le salió limpia, sin sueño, sin prisa, como si la noche no la tocara. Nando miró la pantalla del celular, pero no le marcaba ningún destino.
- ¿No puso dirección aún? – preguntó Nando.
La mujer continuó mirando la ciudad por la ventana un par de segundos antes de responder.
- No. Solo maneje un rato - dijo ella.
Nando dudó por un instante. No era algo común, pero tampoco imposible. La noche traía clientes extraños: gente que quería alargar el camino para evitar una casa vacía; parejas que no querían que el viaje terminara; muchachos que se quedaban dormidos antes de decir una colonia; señoras que pedían “dar la vuelta” para que el esposo no las viera llegar. La ciudad también se usaba así, como un refugio temporal.
- ¿Segura? -preguntó él.
- Sí. Solo maneje - repitió la mujer sin dureza alguna.
Hubo un silencio. Nando arrancó. Pasaron por avenidas casi vacías, con glorietas que de día parecían insignificantes y de noche se volvían altares. Vieron un camellón con flores aplastadas por la lluvia. Vieron a un policía bostezando bajo un toldo. Pasaron cerca de una entrada del Metro, con las cortinas bajas, como si la boca de la ciudad se hubiera cerrado por unas horas.
- ¿Siempre trabaja de noche? - preguntó ella.
- Sí, por las mañanas soy abogado - respondió Nando.
Ella sonrió.
- También sabes escuchar – comentó la mujer.
Un semáforo en rojo los obligó a detenerse. La lluvia comenzó a caer otra vez, suave. Un susurro sobre el retrovisor.
- La noche también es un juicio – dijo Nando casi para sí - solo que aquí nadie levanta actas.
Nando sintió un escalofrío. En el espejo retrovisor, los ojos de ella no se veían bien: no por oscuridad, sino por una especie de brillo opaco, como si reflejaran algo que no estaban dentro del coche.
- ¿A qué colonia va? – dijo Nando en un intento más por aferrarse a lo cotidiano.
- A donde usted vaya- respondió ella.
Nando frunció el ceño, pero continuó. La lluvia suave. Golpeó el parabrisas con un ritmo peculiar. Él, cansado, giró un poco el cuello para estirar los hombros. Miró el espejo retrovisor. El asiento trasero estaba vacío. Por un segundo su cerebro no entendió, la imagen no encajaba, era como mirar una palabra y de pronto no reconocerla. Se quedó inmóvil.
No había escuchado la puerta abrirse, no había sentido el movimiento del auto cuando alguien baja. Nada. La aplicación seguía mostrando el viaje activo. El nombre del pasajero seguía ahí:
“Barachiel”
El semáforo cambió a verde. La ciudad avanzó a su alrededor, como si nada. Un auto le tocó el claxon. Nando respiró hondo, avanzó lento y, con manos torpes, tocó la pantalla en el botón “cancelar”. El teléfono vibró, como si protestara. El viaje desapareció.
El silencio dentro del auto era distinto ahora: era más grande. Nando tragó saliva, pensó en frenar, en bajarse, en revisar la cajuela como hacen los que quieren convencerse de que no están volviéndose locos. Pero la noche no da tiempo para el drama. La noche te exige continuar y entonces lo notó.
La ruta que había tomado (sin decidirla) lo había traído hasta una calle familiar. Una calle que reconoció no por el nombre, sino por la forma en la que el poste de luz iluminaba una parte de la banqueta, por la tienda de la esquina con su cortina a medias, por el grafiti que alguien había renovado con pintura fresca. Era su calle.
Su casa estaba a media cuadra. La piel se le erizó en los brazos. Se estacionó frente a su edificio y apagó el motor, por un momento no hizo nada, solo escuchó su propia respiración.
Al bajar, el aire frío le golpeó la cara. La lluvia había dejado un olor a tierra mojada que ahora le parecía demasiado cercano, como si estuviera saliendo de adentro del coche. Cerró la puerta y el sonido del seguro le sonó definitivo.
Revisó el celular y buscó el viaje en el historial. Nada, como si nunca hubiera ocurrido. Guardó el teléfono y se quedó mirando la calle vacía. Nando caminó hasta la entrada del edificio. Antes de abrir, volteó una vez más hacia el auto. En el vidrio empañado del asiento trasero había una marca, como si alguien apoyara su frente ahí.
Nando sintió que el estómago se le hundía. Se metió al edificio, subió las escaleras sin prender la luz del pasillo. Metió la llave en la puerta de su casa, estaba algo tembloroso, como si su hogar también hubiera cambiado de piel.
Adentro, la oscuridad lo recibió con su olor a ropa limpia, a polvo, a vida tranquila. Encendió la lámpara de la sala y se dejó caer en el sillón.
Entonces lo pensó, con la claridad con la que a veces llega una sentencia: Tal vez la ciudad no es solo una jungla, tal vez también es un espejo. Un espejo que de día te devuelve lo que quieres aparentar y, de noche, lo que escondes. Y a veces (solo a veces) te manda a alguien para recordarte el camino exacto a casa.
Nando se pasó una mano por la cara. Cerró los ojos y comprendió algo que todos los conductores nocturnos aprenden tarde o temprano, aunque se hagan los valientes, aunque digan que “no creen en eso”; en la Ciudad de México, durante el turno de la noche, nunca puedes estar completamente seguro de quién sube a tu auto, ni de quién te acompaña, aunque no lo veas.
